Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Para ganar tiempo y dar más alivio a mis cabalgaduras, mandé mudarlas. Los indios no echaron pie a tierra. Tienen ellos la costumbre de descansar sobre el lomo del caballo. Se echan como en una cama, haciendo cabecera del pescuezo del animal, y extendiendo las piernas cruzadas en las ancas, así permanecen largo rato, horas enteras a veces. Ni para dar de beber se apean; sin desmontarse sacan el freno y lo ponen. El caballo del indio, además de ser fortísimo, es mansísimo. ¿Duerme el indio?, no se mueve. ¿Está ebrio?, le acompaña a guardar el equilibrio. ¿Se apea y le baja la rienda?, allí se queda. ¿Cuánto tiempo?, todo el día. Si no lo hace es castigado de modo que entienda por qué. Es raro hallar un indio que use manea, traba, bozal y cabestro. Si alguno de estos útiles lleva, de seguro que anda redomoneando un potro, o en un caballo arisco, o enseñando uno que ha robado en el último malón.

El indio vive sobre el caballo, como el pescador en su barca; su elemento es la Pampa, como el elemento de aquél es el mar.






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