Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Cada grupo de mi gente rodeaba su tropilla. La madrina estaba maneada. Los animales remolineaban a su alrededor. Entre varios tenÃan dos o más lazos formando un cÃrculo a manera de corral. Entraban en él, uno después de otro, por turno de numeración los que iban a mudar. El encargado de la tropilla elegÃa un caballo de los menos sobados lo designaba diciendo verbigracia: el oscuro overo, para el número 4; y el individuo determinado asÃ, con el freno y el bozal en la siniestra se acercaba a aquél con maña, con cuidado de no asustarlo, buscándole la vuelta, echándole de lejos sobre el lomo, si no era manso, la punta de la rienda o del cabestro, a cuyo contacto se queda casi siempre quieto el manso y dócil corcel.
La operación de mudar tomando a lazo en el medio del campo, a más del riesgo de que los caballos menos asustadizos se espanten, disparen y se alcen, es sumamente morosa, requiere gran destreza y ofrece peligros; de todos los ejercicios del gaucho, del paisano, el más fuerte, el más difÃcil y el más expuesto de todos es el del lazo. Cualquiera maneja en poco tiempo regularmente las boleadoras. Ni ser muy de a caballo se requiere: siquiera mucha fuerza. El manejo del lazo al contrario, demanda completa posesión del caballo, vigor varonil y agilidad.