Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Sendas y rastrilladas grandes y pequeñas, lo cruzaban como una red, en todas direcciones. Galopábamos a la desbandada. Los corpulentos algarrobos, chañares y caldenes, de fecha inmemorial; los mil arbustos nacientes desviaban la lÃnea recta del camino, obligándonos a llevar el caballo sobre la rienda para no tropezar con ellos, o enredarnos en sus vástagos espinosos y traicioneros.
Nuestros caballos no estaban acostumbrados a correr por entre bosques. TenÃamos que detenernos constantemente por ellos, expuestos a rodar, y por nosotros mismos, expuestos a quedarnos colgados de un gajo como arrebatados por un garfio.
La torpeza nuestra era sólo comparable a la habilidad de los indios; mientras nosotros, a cada paso, hallábamos una barrera que nos obligaba a abreviar el aire de la marcha, a ir al trote y al tranco, hacer alto y proseguir, ellos seguÃan imperturbables su camino, veloces como el viento. Pronto, pues, salieron ellos del bosque, quedándonos nosotros atrás. Yo no podÃa perder de vista que conmigo iban los franciscanos, y no era cosa de dejarlos en el camino, ni de exponerlos a columpiarse contra su gusto en un algarrobo. Demasiada paciencia habÃamos tenido ya, para perderla cuando llegábamos, Dios mediante, al término de la jornada.