Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Los indios me esperaban en una aguadita al salir del bosque; en un gran descampado, sucesión de médanos pelados, tristes, solitarios.

A lo lejos, como una faja negra, se divisaba en el horizonte la ceja de un monte.

—Allí es Leubucó —me dijeron, señalándome la faja negra.

Fijé la vista y, lo confieso, la fijé como si después de una larga peregrinación por las vastas y desoladas llanuras de la Tartaria, al acercarme a la raya de la China, me hubieran dicho: ¡allí es la gran muralla!

Voy a penetrar, al fin, en el recinto vedado.

Los ecos de la civilización van a resonar pacíficamente por primera vez, donde jamás asentara su planta un hombre del coturno mío.

Grandes y generosos pensamientos me traen; nobles y elevadas ideas me dominan; mi misión es digna de un soldado, de un hombre, de un cristiano, me decía; y veía ya la hora en que reducidos y cristianizados aquellos bárbaros, utilizados sus brazos para el trabajo, rendían pleito homenaje a la civilización por el esfuerzo del más humilde de sus servidores.

Aspiraciones del espíritu despierto, que se realizan con más dificultad que las mismas visiones del sueño, ¡apartaos!


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