Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Y esto diciendo, un sinnúmero de curiosos se acercaban a mÃ, hasta estrecharme y no dejarme mover del sitio. Mirábanme de arriba abajo, la cara, el cuerpo, la ropa, el puñal de oro y plata que llevaba en el costado, mostrando su cabo cincelado, las botas granaderas, la cadena del reloj y los perendengues que pendÃan de ella; todo, todo cuanto llamaba por su hechura o color la atención. Y después de mirarme, bien, me decÃan alargándome la mano:
—Ese coronel, dando la mano, amigo. —Y no sólo me daban la mano, sino que me abrazaban y me besaban, con sus bocas sucias, babosas, alcohólicas, pintadas.
Idénticas demostraciones hacÃan con los oficiales, con los asistentes y con los franciscanos. Varias chinas y mujeres blancas cristianizadas, por no decir cristianas, se acercaban a éstos, se arrodillaban, y tomándoles los cordones les decÃan: «La bendición, mi padre». De veras, aquel recogimiento, aquel respeto primitivo me enterneció. ¡Qué cosa tan grande es la religión, cómo consuela, conforta y eleva el espÃritu!
Los franciscanos dieron algunas bendiciones, y a poca costa hicieron felices a unas cuantas ovejas descarriadas o arrebatadas a la grey.
El contento era general, ¡qué digo!, ¡universal!