Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles “Pero mi madre, mi padre y yo, como le he dicho, hemos nacido en el Morro, cerca del cerro, en un rancho que está en un terrenito que siempre pasó por nuestro, aunque yo no sé de quién será. Si conoce el Morro, mi Coronel, le diré dónde queda: queda hacia el ladito de abajo de la quinta de don Novillo, a quien cómo no ha de conocer, si es rico como usted.
“La casa estaba casi siempre sola, porque mi madre se iba por la mañana al pueblo y no volvÃa de su conchabo hasta después de la cena de sus patrones.
“Mi padre y yo no parábamos; él por sus gallos, yo por los caballos que tenÃa en compostura.
“Todos los dÃas, tarde y mañana, tenÃa que caminarlos. Luego, el viejo y yo éramos alegres y no perdÃamos bailecito. Me querÃa mucho y siempre me buscaba para que le acompañara; asà es que yo era quien lo disculpaba y lo componÃa con mi madre lo que se peleaban.
“De ese modo lo pasábamos y, aunque éramos pobres, vivÃamos contentos, porque jamás nos faltaban buenos reales con qué comprar los vicios y ropa. Caballos, ¡para qué hablar! Siempre tenÃamos superiores.
“En la casa donde mi madre estaba acomodada, habÃa una niña muy donosita, que yo veÃa siempre que iba por allà de paso, a hablar con la vieja.