Una excursión a los indios Ranqueles

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“Como los dos éramos muchachos, lo que nos veíamos, nos reíamos. Yo al principio creí que era juguete de la niña; pero después vi que me quería y le empecé a hacerle el amor, hasta que mi madre lo supo, y me dijo que no volviera más por allí.

“Le obedecí, y me puse a visitar otra muchacha, hija de un paisano amigo de mi familia, que tenía algunos animales y muchas prendas de plata, como que era hombre de unas manos tan baqueanas para el naipe, que de cualquiera parte le sacaba a uno la carta que él quería. Era peine como él solo. Nadie le ganaba al monte, ni al truco, ni a la primera.

“La hija de la patrona de mi madre se llamaba Dolores; la otra se llamaba Regina. Esta era buena muchacha, ¡pero de ande como aquélla!

“No me acuerdo bien cuánto tiempo pasaría; debió pasar así como medio año.

“Un día mi madre volvió a descubrir que yo seguía en coloquios con la Dolores, siempre que podía, y se me enojó mucho, y aunque ya era hombrecito me amenazó.

“Yo me reí de sus amenazas y seguí cortejando a la Dolores y a la Regina; porque las dos me gustaban y me querían.

«Ya usted sabe, mi Coronel, lo que es el hombre: cuantas ve, cuantas quiere, ¡y las mujeres necesitan tan poco!».


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