Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Yo no me acuerdo ni de lo que hice ni de lo que contesté entonces. Pero probablemente aprobé el dicho de Miguelito y suspiré.
Miguelito prosiguió.
“Otro día mi padre y mi madre me dijeron que el padre de Regina les había dicho que si ellos querían nos casaríamos; que él me habilitaría. Que qué me parecía.
“Les contesté que no tenía ganas de casarme. Mí madre se puso furiosa, y el viejo, que nunca se enojaba conmigo, también. Mi madre me dijo que ella sabía por qué era; que me había de costar caro, por no escuchar sus consejos; que cómo me imaginaba que la Dolores podía ser mi mujer; que al contrario, en cuanto la familia maliciara algo, me echaría de veterano; porque eran ricos y muy amigos del juez y del comandante militar.
“Yo no escuchaba consejos ni tenía miedo a nada y seguía mis amores con la Dolores, aunque sin conseguir que me diera el sí.
“Mi madre estaba triste, decía que alguna desgracia nos iba a suceder; ya la habían despedido de la casa de la Dolores y de todo me echaba la culpa a mí.
“De repente lo pusieron preso a mi padre, y lo largaron después; en seguida me pusieron preso a mí, nada más porque les dio la gana, lo mismo que a mi padre. Usted ya sabe, mi Coronel, lo que es ser pobre y andar mal con los que gobiernan.