Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles «Pero me largaron también; y al largarme me dijo el teniente de la partida, que ya sabia que habÃa andado maleando».
—¿Maleando cómo?, le pregunté.
—En juntas contra el Gobierno, me contestó.
“¿Y de ande, mi Coronel?
Todito era purita mentira.
“Lo que habÃa era que ya me estaban haciendo la cama.
“Ni mi padre ni yo nunca habÃamos andado con los colorados, porque no tenÃamos más opinión que nuestro trabajo y nos gustaba ser libres, y cuando se ofrecÃa una guardia, por no tomar una carabina, más bien le pagábamos al comandante, que es como se ve uno libre del servicio; si no, es de balde.
“Una tarde, ya anochecÃa, estábamos en el fogón todos los de casa; sentimos un tropel, ladraron los perros y lueguito se oyó un ruido de sables.
—¿Qué será, qué no será? —decÃamos.
“Mi madre se echó a llorar diciéndome:
—Tú tienes la culpa, de lo que va a suceder.
“Usted sabe, mi Coronel, lo que son las mujeres, y sobre todo las madres, para adivinar una desgracia.