Una excursión a los indios Ranqueles

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“Se enojó mucho, me echó; me fui, volví tarde; los perros no ladraron, porque me conocieron; llegué sin que me sintieran hasta la puerta del rancho.

“La hallé hincada rezando, delante de un nicho que teníamos, que era Nuestra Señora del Rosario.

“Rezaba en voz muy baja; yo no podía oír sino el final de los Padres Nuestros y de las Aves Marías.

“Contenía el resuello para no interrumpirla, cuando oí que dijo:

«Madre mía y Señora: ruega por él y por mi hijo».

“Suspiré fuerte.

“Mi madre dio vuelta: yo entré en el rancho y la abracé.

“No me dijo nada.

“Con mi padre no se podía hablar. Estaba incomunicado.

“Yo anduve unos cuantos días dando vueltas a ver si conseguía conversar con él, y al fin lo conseguí.

“Me contó lo que había.

“No era nada.

“Todo era por hacernos mal.

“Querían que saliéramos del pago.

“Empezaban con él, seguirían conmigo.

“A fuerza de plata, vendiendo cuanto teníamos, logramos que lo largaran.


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