Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles “Para esto el juez dio en visitar a mi madre solicitándola, y yo me tuve que casar con Regina, porque su padre fue quien más dinero nos prestó para comprar la libertad del mÃo.
“Desde el dÃa en que mi padre salió de la prisión —esa noche me casé yo—, ya no hubo paz en mi casa.
“El hombre se puso tristón, no lo pasaba sino en riñas con mi madre.
“Se le habÃa puesto que la pobre habÃa andado en tratos con él juez, por su libertad; creÃa que todavÃa andaba.
“¡Y qué habÃa de andar, mi Coronel, si era una mujer tan santa!
“Pero ya sabe usted lo que es un hombre desconfiado.
«Mi padre lo era mucho».
—¿Y a ti cómo te iba con la Regina? —le pregunté al llegar a esta, altura del relato.
—Como al diablo —me contestó.
—Pero, antes me has dicho que la querÃas y que te gustaba, —agregué.
—Es verdad, señor, pero es que a la Dolores la querÃa mucho también, y me gustaba más, repuso.
—¿Y la veÃas?, —proseguÃ.