Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —El otro dÃa, cuando usted llegó, mi Coronel, los Videla habÃan andado por San Luis; vinieron con la voz de que usted y el general Arredondo estaban en la villa de Mercedes, y diciendo que por allà se decÃa, que ahora sà que las paces se harÃan.
Deseando conocer el desenlace de la historia de los amores de Miguelito le dije:
—¿Y la Dolores vive con sus padres?
—SÃ, mi Coronel, me contestó, son gente buena y rica, y cuando han visto a su hija en desgracia no la han abandonado; la quieren mucho a mi hijita. Si algún dÃa me puedo casar, ellos no se han de oponer, asà me lo ha dicho la Dolores.
«¡Pero cuándo se muere la otra! Luego yo no puedo salir de aquà porque la justicia me agarrarÃa y mucho más del modo como me escapé».
—¿Y cómo te escapaste?
—SeguÃa preso. Mi madre vino un dÃa y me dijo:
“Dice tu padre que estés alerta, que él no tiene opinión, que lo han convidado para una jornada, que se anda haciendo rogar a ver si son espÃas; que en cuanto esté seguro que juegan limpio se va a meter en la cosa con la condición de que lo primero que han de hacer es asaltar la guardia y salvarte; que de no, no se mete.
“En eso anda. No hay nada concluido todavÃa. Esta noche han quedado de ir los hombres y mañana te diré lo que convengan.