Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles “Yo lo animo a tu padre, haciéndole ver que es el único remedio que nos queda, y le pongo velas a la Virgen para que nos ayude. Todas las noches sueño contigo y te veo libre, y no hay duda que es un aviso de la Virgen.
“Al dÃa siguiente volvió mi madre. Todo estaba listo. Lo que faltaba era quien diera el grito. DecÃan que don Felipe Saa debÃa llegar de oculto a las dos noches, y que él lo darÃa; que si no venÃa, como habÃa un dÃa fijo, lo darÃa el que fuese más capaz de gobernar la gente que estaba apalabrada. Don Juan Saa debÃa venir de Chile al mismo tiempo.
“Bueno, mi Coronel, sucedió como lo habÃan arreglado.
“Una noche al toque de retreta, unos cuantos que estaban esperando en la orilla del pueblo, atropellaron la casa del juez, otros la Comandancia, y mi padre con algunos amigos cargó la PolicÃa.
“Para esto, un rato antes ya los habÃan emborrachado bien a los de la partida. Algunos quisieron hacer la pata ancha. ¡Pero qué!, los de afuera eran más. Entraron, rompieron la puerta del cuarto en que yo estaba y me sacaron.
«Cuando estuve libre, mi padre me dijo: “Dame un abrazo, hijo, yo no te he querido ver, porque me daba vergüenza verte preso por mi mala cabeza, y porque no fueran a sospechar alguna cosa».