Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles “Casi me hizo llorar de gusto el viejo; le habÃan salido pelos blancos, y no era hombre grande, todavÃa era joven.
“Esa noche el Morro fue un barullo, no se oyeron más que tiros, gritos y repiques de campanas.
“Murieron algunos.
“Yo lo anduve acompañando a mi padre y evité algunas desgracias porque no soy matador. QuerÃan saquear la casa de la Dolores, con achaque de que era salvaje; yo no lo permitÃ; primero me hago matar.
«Por la mañana vino una gente del Gobierno y tuvimos que hacernos humo. Unos tomaron para la sierra de San Luis, otros para la de Córdoba. Mi padre, como habÃa sido tropero, enderezó para el Rosario. Yo, por tomar un camino tomé otro —galopé todo el santo dÃa— y, cuando acordé me encontré con una partida. Disparé, me corrieron, yo llevaba un pingo como una luz, ¡qué me habÃan de alcanzar! Fui a sujetar cerca del rÃo Quinto, por esos lados de Santo Tomé. Entonces no habÃa puesto usted fuerzas allÃ, mi Coronel; me topé con unos indios, me junté con ellos, me vine para acá, y acá me he quedado, hasta que Dios, o usted, me saquen de aquÃ, mi Coronel».
—¿Y tu padre, qué suerte ha tenido, lo sabes? —le pregunté.
—Murió del cólera —me contestó con amargura, exclamando—: ¡pobre viejo!, ¡era tan chupador!