Una excursión a los indios Ranqueles

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El vino y el aguardiente corrían como agua, derramados por la trémula mano de los beodos que ya rugían como fieras, ya lloraban, ya cantaban, ya caían como piedras, roncando al punto o trasbocando, como atacados del cólera.

Aquello daba más asco que miedo.

Todos me trataban con respeto, menos Epumer y Caiomuta.

Tambaleaban de embriaguez.

Epumer llevaba de vez en cuando la mano derecha al cabo de su refulgente facón, y me miraba con torvo ceño.

Miguelito me decía:

—No se descuide por delante, mi Coronel, aquí estoy yo por detrás.

Cuando rehusaba un yapaí, gruñían como perros, la cólera se pintaba en sus caras vinosas y murmuraban iracundas palabras que yo no podía entender.

Miguelito me decía:

—Se enojan porque usted no bebe, mi Coronel; dicen que no lo hace por no descubrir sus secretos con la chupa.

Yo entonces me dirigía a algunos presentes y lo invitaba, diciéndole:

—Yapaí, hermano, —y apuraba el cuerno o el vaso.


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