Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Una algazara estrepitosa, producida por medio de golpes dados en la boca abierta, con la palma de la mano, estallaba incontinenti.

¡¡Bababababababababababababababba!!

Resonaba, ahogándose los últimos ecos en la garganta de aquellos sapos gritones.

Mientras el licor no se acabara, la saturnal duraría.

La tarde venía.

Yo no quería que me sorprendiera la noche entre aquella chusma hedionda, cuyo cuerpo contaminado por el uso de la carne de yegua, exhalaba nauseabundos efluvios; regoldaba a todo trapo, cada eructo parecía el de un cochino cebado con ajos y cebollas.

En donde hay indios, hay olor a azafétida:

Intenté levantarme del suelo para retirarme a la sordina, viendo que la mayoría de los concurrentes estaba ya achumada.

Epumer me lo impidió.

—¡Yapaí! ¡Yapaí!— me dijo.

—¡Yapaí! ¡Yapaí!— contesté.

Y uno después de otro cumplimos con el deber de la etiqueta.

El cuerno que se bebió él tenía la capacidad de una cuarta.


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