Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Una dosis semejante de aguardiente era como para voltear a un elefante, si estos cuadrúpedos fuesen aficionados al trago.
Medio perdió la cabeza.
Al llevar yo el mÃo a los labios me santigüé con la imaginación como diciendo: Dios me ampare.
Jamás probé brebaje igual. Vi estrellas, sombras de todos colores, un mosaico de tintes tornasolados, como cuando por efecto de un dolor agudo apretamos los párpados, y cerrando herméticamente los ojos la retina ve visiones informes.
Al enderezarse Epumer, yo no sé qué chuscada le dije.
El indio se puso furioso; quiso venÃrseme las manos.
Mariano Rosas y otros le sujetaron; me pidieron encarecidamente que me retirara.
Me negué; insistieron, me negué, me negué tenazmente.
Me hicieron presente que cuando se caldeaba, se ponÃa fuera de sÃ, que era mal intencionado.
—No hay cuidado, —fue toda mi contestación.
El indio pugnaba por desasirse de los que lo tenÃan; querÃa abalanzarse sobre mÃ, su mano estaba pegada al facón.
Pataleaba, rugÃa, apoyaba los talones en el suelo, endurecÃa el cuerpo y se enderezaba como galvanizado.