Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Sus ojos me seguían, los míos no le dejaban.
En uno de los esfuerzos que hizo sacó el facón.
Era una daga acerada de dos filos, con cruz y cabo de plata; y en un vaivén llegó a ponerse casi sobre mí.
—Cuidado, mi Coronel, —me dijo Miguelito, interponiéndose, y hablándole al salvaje en su lengua con acento dulcísimo.
—¡Cuidado!, gritaron varios.
Yo, afectando una tranquilidad que dejase bien puesto el honor de mi sangre y de mi raza:
—No hay cuidado, contesté.
El esfuerzo convulsivo supremo, hecho por el indio, agotó el resto de sus fuerzas hercúleas enervadas por los humos alcohólicos.
Los que le sujetaban, sintiéndole desfallecer, abandonaron el cuerpo a su propia gravedad; cumplióse la inmutable ley:
E caddi, come corpo morto cade!
Cesó la agitación.
Queriendo saber qué causa, qué motivo, qué palabras mías pusieran fuera de sí a mi contendor, pregunté:
—¿Por qué se ha enojado?
—Porque usted le ha llamado perro —dijo uno.
—Es falso, dijo Miguelito en araucano; el Coronel habló de perros pero no dijo que Epumer fuera perro.