Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Nadie respondió.
Efectivamente, en la broma que intenté hacerle a Epumer, por ver si lo arrancaba a sus malos pensamientos, no sé cómo interpolé el vocablo perros.
Para los indios, como para los árabes, no habÃa habido insulto mayor que llamarles perro.
Epumer me entendió mal y se creyó ofendido.
De ahà su rapto de furia.
La noche batÃa sus pardas alas; los indios ebrios roncaban, vomitaban, se revolvÃan por el suelo, hechos un montón, apoyando éste sus sucios pies en la boca de aquél; el uno su panza sobre la cara del otro.
Varias chinas y cautivas trajeron cueros de carnero y les hicieron cabeceras, poniéndolos en posturas cómodas.
Otros se quedaron murmurando con indescriptible e inefable fruición báquica.
Mariano Rosas me hizo decir con su hombre de confianza, que si querÃa darle el resto de aguardiente que le habÃa reservado.
—De mil amores —conteste; y aprovechando la coyuntura que se me presentaba de abandonar el campo de mis proezas, salà de la enramada y me dirigà al ranchito en que se habÃan alojado mis oficiales.
Entregué el aguardiente.
Me tendà cansado, como si hubiera subido con un quintal en las espaldas a la cumbre del Vesubio.