Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Efectos del aguardiente. Una mano femenil. Mi comadre Carmen me cuenta lo sucedido. Unas coplas. La vida de un artista en acordeón, en dos palabras. Preguntas y respuestas. Las obras públicas de Leubucó. Insistencia del organista. Un baño. Mariano Rosas en el corral. Cómo matan los indios la res.
El candil ardía y se apagaba como un fuego fatuo.
Buscando mi cama donde no estaba, porque los últimos humos del mareo me hacían ver todos los objetos trastornados, al revés, tropecé con la luz y la extinguí. Con los ojos de la imaginación veía el caos. Trataba de buscar un punto de apoyo para no caerme. Mis brazos funcionaban como las aspas de un molino. Me caí. Me levanté. Volví a caerme encima de los compañeros de rancho.
Ni los frailes, ni los oficiales sintieron la mole que repetidas veces se desplomó sobre ellos.
Mi ronca voz, ahogándose en la garganta, llamaba un asistente.
Nadie me oía.
Tanteando como un ciego perlático, cogí una cosa blanda, sedosa, suave, y, al mismo tiempo, percibí como en sueños un ruido de gallinas. Mi mano había asido de la rabadilla un gallo o pollo, despertando todo el gallinero de Mariano Rosas, que huyendo de la helada, sin duda, se había guarecido en nuestra morada, tomando posesión de mi lecho.