Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles La sorpresa me hizo soltar mi presa, abandonar el punto de apoyo y caer de boca, posándola, sobre algo blando, hediondo y frÃo.
Creà asfixiarme, porque no podÃa cambiar de posición.
Mis piernas parecÃan dislocadas, como las de un muñeco. Haciendo un esfuerzo supremo, me enderecé. Describà dos semicÃrculos con los brazos. Hallé una mano pequeña, pulida, caliente, que me sostuvo, arrastrándome poco a poco. Un brazo rodeó mi cuerpo. Recliné mi cabeza desvanecida sobre un seno palpitante y di unos cuantos pasos, lo mismo que un herido; alzóse el cuero de la puerta del rancho y penetró en él, hiriendo mis ojos medio abiertos, la luz crepuscular.
Confusamente percibà varias voces que decÃan:
—¿Dónde está ese coronel Mansilla?
—Dando más aguardiente.
Una voz contestó:
—No está aquÃ.
Y al mismo tiempo, cayendo el cuero de improviso, volvió a quedar el rancho envuelto en una completa obscuridad.
Oà como el murmullo de gente que refunfuña y ruido como el de pisadas que se alejan.
Sentà que una cosa áspera, como una tela de lana, repasaba mi rostro y que me empujaban hacia adelante.