Una excursión a los indios Ranqueles

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Me puse a tomar café. Gradualmente fueron desapareciendo los efectos narcóticos del aguardiente. La aurora, color de rosa, entraba con sus rayos de fuego por entre las rendijas del toldo. Cantaban los gallos, cacareaban las gallinas, relinchaban los caballos, bramaban los toros, oíase el balido de las ovejas, agitábase todo al despertar de la naturaleza.

Vibraron las notas de un mal tocado acordeón, y una voz que me hizo crispar los nervios, entonó unas coplas.

Señor coronel Mansilla

permítame que le cante.

Iba a tronar contra el negro, porque era él en cuerpo y alma el de la música, cuando entró en el toldo, y plegando su instrumento y sellando sus labios, interrumpió las coplas para decirme:

—Buenos días, mi amo, ¿su mercé ha pasado bien la noche?

Me pareció mejor írmele a las buenas, y así le contesté.

—Muy bien, hombre, gracias, siéntate. Pero con la condición que no has de tocar tu maldito acordeón, ni has de cantar. Ya estoy harto.

Sentóse.

Le pasaron un mate, y entre chupada y chupada, me refirió su vida en cuatro palabras.


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