Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —Lo mismo que él: que si Mariano Rosas ha hecho la paz, ellos no la han hecho.
—¿Nada más dicen?
—SÃ, dicen más; dicen que ya lo veremos.
—¿Y cómo lo has sabido?
—Haciéndome el zonzo, el que no entendÃa, me allegué a ellos, y como algo entiendo su lengua he comprendido todo.
—Bien, retÃrate, cuidado esta noche con los caballos.
—No hay cuidado, señor.
Se marchó y me quedé pensando qué harÃa. Después de un momento de reflexión, resolvà decirle a Mariano Rosas lo que ocurrÃa. Llamé al capitán Rivadavia y le ordené que le anunciara mi visita.
Me contestó que podÃa ir cuando gustase.
Volvà a su toldo, despidió a las visitas, y cuando nos quedamos solos le referà el caso.
Por más que quiso disimular, le conocà que la conducta del indio Blanco le irritaba, porque desconocÃa su autoridad.
—No tenga cuidado, hermano —me dijo—, y mandó a uno de sus hijos que llamara a Camargo.
Mientras éste vino, me enteró de algunas costumbres de su tierra.