Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Él no era hombre de alarmarse, ni de faltar a su consigna sin razón. Tenía toda la sangre fría, toda la astucia, toda la experiencia del mundo, que tan prematuramente adquieren nuestros paisanos; son condiciones características en ellos, que la vida errante y azarosa que llevan desarrolla en sumo grado.

Es cosa que pasma verlos desde chiquitos cruzar los campos solos, a toda hora del día y de la noche, en un mancarrón o picando una carreta; alejarse de las casas o de las poblaciones a bolear avestruces, guanacos o gamas, a peludear o quirquinchar, dormir entre las pajas, desafiar las intemperies, casi desnudos, con el caballo de la rienda, y precaverse contra todas eventualidades, de los indios, de los cuatreros, de los ladrones.

Apenas entró Camilo en el rancho, le pregunté:

—¿Qué hay?

Miró a su alrededor, se cercioró de que no había nadie, y dudando aún del testimonio de sus sentidos, se me acercó al oído y me dijo:

—El indio Blanco ha venido.

—¿Y qué…? —le contesté encogiéndome de hombros.

—Está en una pulpería y dice que si Mariano Rosas ha hecho la paz, él no la ha hecho.

—¿Y quién está con él?

—Varios indios y cristianos.

—¿Y qué dicen?


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