Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —Hermano —me dijo, más o menos—, aquà en mi toldo puede entrar a la hora que guste, con confianza, de dÃa o de noche es lo mismo. Está en su casa. Los indios somos gente franca y sencilla, no hacemos ceremonia con los amigos, damos lo que tenemos, y cuando no tenemos pedimos. No sabemos trabajar, porque no nos han enseñado. Si fuéramos como los cristianos, serÃamos ricos, pero no somos como ellos y somos pobres. Ya ve cómo vivimos. Yo no he querido aceptar su ofrecimiento de hacerme una casa de ladrillo, no porque desconozca que es mejor vivir bajo un buen techo que como vivo, sino porque, ¿qué dirÃan los que no tuviesen las mismas comodidades que yo? Que ya no vivÃa como vivió mi padre, que me habÃa hecho hombre delicado, que soy un flojo.
Era excusado refutar estas razones; me limitaba a escuchar con atención y manifiesto interés.
Siguió hablando y me explicó, que entre los indios no existe la prostitución de la mujer soltera. Esta se entrega al hombre de su predilección. El que quiere penetrar en un toldo de noche, se acerca a la cama de la china que le gusta y le habla.