Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Rufino obedeció recién y huyó. Volvà sobre mis pasos y me senté agitadÃsimo: la bilis me ahogaba.
Mariano, que no se habÃa movido de su sitio, me dijo con estudiada calma y siniestra expresión:
—Aquà somos todos iguales, hermano.
—No, hermano —le contesté—. Usted será igual a sus indios. Yo no soy igual a mis soldados. Ese pÃcaro me ha faltado al respeto, viniendo ebrio a donde yo estoy y negándose a obedecerme a la primera intimación de que se retirara. Aquà más que en ninguna parte me deben respetar los mÃos.
El indio frunció el ceño, tomando su fisonomÃa una expresión en la que me pareció leer: este hombre es audaz.
Yo no calculé el efecto, aunque comprendà que si me dejaba dominar por el borracho me desprestigiaba a los ojos de aquel bárbaro.
Nos quedamos en silencio un largo rato.
Ni él ni yo querÃamos hablar.
Él murmuró de nuevo: «Aquà todos somos iguales».
Mi contestación fue, viendo que Rufino armaba un alboroto en el fogón de mis asistentes, gritar, fingiéndome furioso, porque habÃa recobrado la serenidad:
—Pónganle una mordaza.
El indio arrugó más la frente. Yo hice lo mismo y permanecimos mudos.