Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles El fogón al amanecer. Quién era Rufino Pereira. Su vida y compromisos conmigo. Cómo consiguen los indios que los caballos de los cristianos adquieran más vigor.
Dormí muy bien sin que nadie ni nada me interrumpiera.
El hombre se aviene a todo.
Mi cama desigual y dura, me pareció de plumas. Si no me hubieran faltado algunos cobijas, podría decir que pasé una noche deliciosa.
Me levanté con el lucero del alba, gritando:
—¡Fuego!, ¡fuego!
En un abrir y cerrar de ojos hice mi toilette, a la luz de un candil.
Salí del rancho.
El fogón ardía ya y el agua hervía en la caldera.
Me puse a matear, divirtiéndome en escuchar los dicharachos y los cuentos de los soldados:
Cada uno tenia una anécdota que referir.
A todos les había pasado algo con los indios.
El uno había tenido que dar hasta los cigarros; el otro las botas; éste el poncho; aquel la camisa.
Sólo un mendocino, muy agarrado, había tenido el talento de hacerse sordo y mudo. Los pedigüeños no habían podido con él.