Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Mientras amanecÃa, me puse a hacerles un curso sobre la conducta y el porte que debÃan observar: sobre los inconvenientes de que no fuesen moderados, de que no cuidasen y respetasen a sus superiores más que nunca.
ComprendÃan perfectamente mis razones, y las escuchaban con religiosa atención.
A Rufino le eché un sermón con aspereza.
Este Rufino era un gaucho de Villanueva, con quien nadie podÃa.
Azote de los campos, le tomaron y le destinaron al 12 de lÃnea, junto con otros de su jaez, haciéndome el comandante militar las mayores recomendaciones, previniéndome que tuviera con él muchÃsimo cuidado, porque era un hombre de averÃa.
Comprendiendo que en el batallón 12 de lÃnea serÃa un mal elemento a los tres dÃas de destinado lo hice venir a mi presencia.
Le habÃan cortado su larga cabellera, le habÃan encasquetado ya el kepis, plantificado la chaquetilla y la bombacha.
El gaucho habÃa desaparecido bajo el exterior del recluta.
Era un hombre alto, fornido, de grandes ojos negros, de fisonomÃa expresiva, de mirada inquieta, de movimientos fáciles, de aspecto resuelto, en suma.
Entablé con él el siguiente diálogo:
—¿Cómo te llamas?