Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Me valí para que el indio comprendiera lo que es Poder Ejecutivo, Parlamento, Presupuesto y otras yerbas, de figuras de retórica campesinas. Y sea que estuve inspirado, cosa que no me suele suceder —no recuerdo haberlo estado más de una vez, cuando renuncié a estudiar la guitarra, convencido de la depresión frenológica que puede notarse, observando en mi cráneo el órgano de los tonos—, y sea, que estuve inspirado, decía, el hecho es que Mariano Rosas se edificó.
Me convencieron de ello sus bostezos.
Podía quedarse dormido si continuaba haciendo gala de mis talentos oratorios, de mis conocimientos en la ciencia del derecho constitucional, de las seducciones que el hombre civilizado cree siempre tener para el bárbaro. Me resolví, pues, a hacerle esta interpelación:
—¿Y qué le parece, hermano, lo que le he dicho?
—¡Qué me ha de parecer! que estando firmado el tratado por el Presidente que es el que manda, nos costará mucho hacerles entender a los otros indios eso que usted me ha estado explicando.
—Haremos —continuó—, una junta grande, y en ella entre usted y yo, diremos lo que hay.
—Mientras tanto, hermano, cuente conmigo para ayudarlo en todo.
—Yo cuento con usted, porque veo que si no quisiera a los indios no habría venido a esta tierra.