Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Le contesté, como era de esperarse, asegurándole que el Presidente de la República era un hombre muy bueno que se habÃa envejecido trabajando porque se educaran todos los niños chicos de mi tierra; que no les habÃa de abandonar a su ignorancia, que por carácter y por tendencias era hombre manso, que no amaba la guerra; y que por otra parte, la Constitución le mandaba al Congreso conservar el trato pacÃfico con los indios y promover la conversión de ellos al catolicismo; que el Congreso le habÃa de dar al Presidente toda la plata que necesitase para esas cosas, y que como eran muy amigos no se habÃan de pelear si pensaban de distinto modo, porque los dos juntos gobernaban el paÃs.
—Y dÃgame, hermano, —me preguntó—: ¿cómo se llama el Presidente?
—Domingo F. Sarmiento.
—¿Y es amigo suyo?
—Muy amigo.
—Y si dejan de ser amigos, ¿cómo andarán las paces con nosotros que ha hecho usted?
—Pero bien, no más, hermano, porque yo no puedo pelearme con el Presidente, aunque me castigue. Yo no soy más que un triste coronel y mi obligación es obedecer.