Una excursión a los indios Ranqueles

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Las botellas, que no tenían la magia de ser inagotables, espichaban ya: José estaba completamente en las viñas del Señor.

Camargo, más fuere, se mantenía en completa posesión de sus sentidos.

—¿Sabe, mi Coronel, que le traemos una música? Con su permiso.

—Muchas gracias, hombre, ¿para qué se han incomodado?

Camargo se levantó, apoyándose en los horcones del rancho, se asomó a la puerta, dijo algo, volvió a sentarse, y acto continuo se presentó: —horresco referens—, el negro del acordeón.

—¡Uff!, hice, eso no, Camargo —le dije—. Denme todas las músicas que quieran. Pero con el acordeón, no, no. Estoy harta de la facha de ese demonio.

Y dirigiéndome al negro, proseguí en estos términos.

—¡Vete!, ¡vete!

El negro no obedeció.

Como pegado al suelo describía con su cuerpo curvas a derecha e izquierda, adelante y atrás.

Estaba ebrio como una cabra.

—¡Vete!, ¡vete lejos de aquí! —volví a decir.


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