Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Y Camargo, viendo que el negro me revolvía la bilis, se levantó, y tomándole de un brazo le enseñó el portante.
Libre de aquella bestia, verdaderamente negra, resollé dando un resoplido como cuando en día canicular, jadeantes de fatiga, nos tendemos a nuestras anchas sobre cómodo sofá, habiendo escapado a las garras de alguno de esos soleros cuya vida es contar sus pleitos o sus cuitas con la autoridad.
José se había quedado dormido.
Camargo se sentó, y bajo la influencia del aguardiente cayó en una especie de letargo.
Examiné su fisonomía.
Es lo que se llama un gaucho lindo.
Tiene una larga melena negra, gruesa como cerda, unos grandes ojos, rasgados, brillantes y vivos, como los de un caballo brioso: unas cejas y unas pestañas largas, sedosas y pobladas, una gran nariz algo aguileña; una boca un tanto deprimida, y el labio inferior bastante grueso.
Es blanco como un hombre de raza fina, tiene algunos hoyos en la cara y poca barba.
Es alto, delgado y musculoso.