Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles En cuanto quiso aclarar puse a todo el mundo en movimiento, hice dar vueltas las tropillas para que los animales entraran en calor, hasta que llegara la hora conveniente de bajarlos a la laguna, que es cuando el sol pica un poco; mandé agrandar el fogón, se calentó agua, se pusieron unos churrascos, tomamos mate y nos desayunamos.
El campo presentaba el aspecto brillante de una superficie plateada; había helado mucho, la escarcha tenía, en los lugares donde la tierra estaba más húmeda, cuatro líneas de espesor.
Junto con el sol sopló el cierzo pampeano y comenzó a levantarse la niebla en todas direcciones.
La helada iba desapareciendo gradualmente, y los rayos solares, abriéndose paso al través del velo acuoso que pretendía interceptarlos.
El calórico, causa y efecto de todo cuanto constituye el planeta en que vivimos, disipaba el fenómeno que él mismo había originado:
Eran las ocho de la mañana, y el horizonte y el cielo estaban ya completamente despejados.
Bebieron los cabellos, ensillamos, montamos y rumbeando al sud, tomamos el camino de Quenque, dejando a la izquierda el que conducía a las tolderías de Calfucurá.