Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Galopamos un rato hasta que los animales sudaron, subiendo siempre por un terreno arenoso, salpicado de arbustos; descendimos después entrando en una zona más accidentada, y, al rato, descubrimos hacia el Oriente los primeros toldos de la tribu de Baigorrita y algún ganado vacuno y yeguarizo.
Hice alto para no alarmar a los vigilantes y desconfiados moradores de aquellas comarcas, que veloces como el viento no tardaron en ponerse a tiro de fusil de nosotros para reconocernos.
Destaqué sobre ellos a Mora; les habló, y al punto estuvieron junto con él a mi lado, saludándome y dándome la bienvenida.
Nada sabÃan de mi visita a Baigorrita.
Pero sabiendo que me hallaba dÃas antes en Leubucó, habÃan calculado que era yo el que llegaba, afirmándoles sus conjeturas el aire de mi marcha y el orden en que la efectuaba.
Me habÃan descubierto desde que se levantaron los primeros polvos en Pitralauquen. La mirada de los indios es como la de los gauchos. Descubren a inmensas distancias, sin equivocarse jamás, los objetos, distinguiendo perfectamente si el polvo que adorna lo levantan animales alzados o jinetes que corren.