Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Había mucha gente afuera, charlando alegremente con los de mi comitiva, al mismo tiempo que le daban un avance a una parva de algarroba. Había dos cosechas para el invierno.

Tenía hambre.

Llamé a Jean de Dios San Martín, el chilenito, y lo mismo que si hubiera estado en la estancia del amigo más intimo le dije: Dile a mi compadre que me haga carnear una res para la gente.

Se fue y al punto volvió diciéndome que ya la traían.

Con electo, un rato después, dos indios traían una vaca enlazada.

La carnearon las chinas, entregándole la mayor parte a mi gente.

EL fogón estaba pronto ya.

No queriendo pernoctar en el toldo de mi compadre, campé al raso.

La tarde se acercaba.

Las chinas recogían el ganado manso, arreándolo a pie, seguidas de muchos perros tan grandes como flacos; que llamaban la atención.

Las cabras y las ovejas venían mezcladas.

Llegaron a la puerta de los corrales; los perros separaron las especies, y las chinas las majadas, encerrando cada una de ellas en su respectivo corralito.


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