Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles La jugada no estaba en mis libros. Perder mis guantes equivalía a estropearme las manos, sin re-remisión.
—Te los compro —le dije, viendo que cerraba los ojos como para asegurar mejor su presa.
Hizo n movimiento negativo con la cabeza.
Metí la mano al bolsillo, saqué una libra esterlina y se la ofrecí, creyendo picar su codicia.
Tomóla; pero no me dio los guantes.
—Dame las botas de las manos —le dije.
—Eso no vendiendo —me contestó—; llevando a la Junta como cristiano.
—Entonces dando la libra esterlina —le dije.
—Yo indio pobre, vos cristiano rico —repuso:
Y junto can la contestación se guardó la libra, dejándome con un palmo de narices.
Todos los circunstantes festejaron con risotadas espontáneas la treta del indio.
Mi compadre Baigorrita, me dijo:
—Viejo diablo, ¿eh?
Tuve que amoldarme a las circunstancias y que declararme neófito en materia de escamoteos.
Las visitas se fueron retirando poco a poco.
Yo estaba cansado, y por ciertas razones tenía necesidad de mudarme la ropa.
Salí sin ceremonia del toldo.