Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Me refirió entonces, que era de San Luis, que durante algún tiempo había vivido con un indio muy malo. Que éste había muerto a consecuencia de heridas recibidas en la última invasión que llevaron los ranqueles al Río Quinto cuando los derroté en los Pozos Cavados, cerca de Santa Catalina; y que no habiendo dejado herederos, Baigorrita la había recogido y se la había dado al mayor Colchao, montonero de la gente del Chacho, refugiado en Tierra Adentro. Agregó que Colchao era muy bueno y que ahora era feliz.

—Vea, señor —me decía—, cómo castigaba el indio.

Y mostraba los brazos y el seno cubiertos de moretones empedernidos y de cicatrices.

—Así —añadía con mezclada expresión de candor y crueldad—, yo rogaba a Dios que el indio echara por herida cuanto comiese. Porque tenía un balazo en el pescuezo y por ahí se le salía todo envuelto con el humor y…

Me dio asco aquella desdichada, cuyos ojos eran hermosísimos. Tenía una lubricidad incitante en la fisonomía.

Era esbelta y graciosa.

A fin de que no continuara el repugnante relato de las agonías de su opresor, y queriendo saber quién era ese mayor Colchao, preguntándole:

—¿Y quién es Colchao?


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