Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Le contesté que había dormido muy bien, que no había ninguna novedad y que así que almorzara iría a hacerle una visita.
Llevó San Martín el mensaje y volvió diciéndome que mi compadre se alegraba mucho de que hubiera pasado la noche a gusto, que me invitaba a ir a su toldo; que iban a llegar visitas nuevas y quería que me conocieran; que allí almorzaría, si no tenía algo mejor que comer que lo suyo.
Hablaba con San Martín, cuando se presentó un indio con otro mensaje de Caniupán y un regalo.
Me mandaba saludar, vivía de allí legua y media, y me enviaba una bola de patai, pisada con maíz tostado, grande como una bala de cañón de a cuarenta y ocho.
Traté al mensajero como lo merecía, con todo cariño. Le hice algunos regalitos, sacando contribuciones a los oficiales y soldados, le agradecí a Caniupán su atención y le envié una camisa de Crimea que llevaba ex profeso para él, azúcar, tabaco, yerba y papel, prometiéndole visita para la tarde.
En seguida me fui al toldo de mi compadre. Fumaba tranquilamente rodeado de sus hijos: no se movió, me insinuó un asiento con la sonrisa más dulce y amable y apenas me había acomodado en él, le dijo a mi ahijado: padrino, bendición.