Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Caniupán estaba sentado, se levantó, nos recibió con gran agasajo y nos hizo sentar.

—¿Vienen a quedarse?

—No, vengo por un rato —le contesté.

—San Martín me explicó la pregunta. Si hubiera dicho que sí, en el acto habrían mandado desensillar mi caballo, las chinas o cautivas habrían hecho un lío del apero y lo habrían guardado como cosa sagrada.

Al toldo de un indio se acerca el que quiere. Pero no puede apearse del caballo, ni entrar en él sin que primero se lo ofrezcan. Una vez hecho el ofrecimiento, la hospitalidad dura una hora, un día, un mes, un año, toda la vida. Lo que entra al toldo es cuidado escrupulosamente. Nada se pierde. Sería una deshonra para la casa. Sólo de los caballos no responden. Sea conocido o desconocido el huésped, se lo previenen, diciéndole:

—Aquí ni lo de uno está seguro.

Y es la verdad.

El indio no rehusa jamás hospitalidad al pasajero. Sea rico o pobre, el que llame a su toldo es admitido. Si en lugar de ser ave de paso se queda en la casa, el dueño de ella no exige en cambio del techo y de los alimentos que da— tampoco da otra cosa—, sino que en saliendo a malón le acompañen.


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