Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles El toldo de Caniupán estaba perfectamente construido y aseado. Sus mujeres, sus chinas y cautivas, limpias. Cocinaron con una rapidez increíble un cordero, haciendo puchero y asado, y me dieron de comer.
El indio hizo los honores de su casa con una naturalidad y una gracia encantadoras. Me habría quedado allí de buena gana un par de días. Los cueros de carneros de los asientos y camas, las mantas y ponchos parecían recién lavados, no tenían una mancha, ni tierra ni abrojos.
Me presentó todas sus mujeres, que eran tres, sus hijos, que eran cuatro y varios parientes, excepto la suegra, que vivía con él, pero con la que según la costumbre no podía verse, porque, como me parece haber dicho antes, los indios creen que todas las suegras tienen gualicho, y el modo de estar bien con ellas es no verlas ni oírlas.
Pasé un rato muy entretenido, comí un buen asado de cordero, excelente patai de postre, bebí un trago de aguardiente, y al caer la tardecita me despedí y me volví al toldo de Baigorrita.
A mi compadre lo encontré como lo había dejado; sentado y fumando.