Una excursión a los indios Ranqueles

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Unas chinas de los alrededores me esperaban de visita. Iban a dormir conmigo, es decir, a pasar la noche cerca de mi fogón, como lo hizo Villarreal con su familia cuando me tenían detenido a la orilla de la lagunita de Calcumuleu. Es una costumbre de la tierra.

Camargo no estaba. Unos indios amigos lo habían llevado a un baile esa tarde. Se había ido con mi permiso, sin pedírmelo.

Cuando pregunté por él me dijeron que había encargado me avisaran, que con mi permiso se había ido a divertir. Era un verdadero mensaje de gaucho. Mandé cebar mate y obsequié a mis visitas como correspondía. Eran cuatro, se habían puesto muy currutacas y las encabezaba una llamada María de Jesús Rodríguez, que hablaba el castellano como yo.

Su nombre derivaba del de su madrina. No era cristiana. Se me olvidaba decir que entre los indios el compadrazgo se establece sin necesidad de bautismo.

Pero dejemos a las visitas y vamos al fogón. El cuarterón conversa con mis ayudantes, oigo que dice que conoce a Julián Marga, y esto pica mi curiosidad.


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