Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —Esa noche no pude salir, porque no era baqueano, y me perdà varias veces, y me costaba mucho caminar, porque me dolÃan los balazos. Pero asà que vino la mañanita, ya supe dónde debÃa ir; porque oà la diana de los brasileros. Seguà el rumbo y el humo de un vapor, y salà a Curuzú. Allà habÃa muchos heridos, que estaban embarcando; a mà me embarcaron con ellos y me llevaron a Corrientes, y allà he estado en el hospital, y ya estoy muy mejor, mi comandante y me he venido porque ya no podÃa aguantar las ganas de ver el batallón.
—¡Viva el cabo Gómez, muchachos! —grité yo.
—¡Viva! —contestaron los muy bribones, que nunca son más felices que cuando se les incita al desorden y se les deja la libertad de retozar.
Y se lo llevaron al cabo Gómez en triunfo, dándole mil bromas, y siendo su venida inesperada un motivo de general animación y contento durante muchas horas.
Estas escenas de la vida militar, aunque frecuentes, son indescriptibles.
Garmendia vino esa tarde a compartir mi pucherete, mi asado flaco y mi fariña, sabiendo ya por uno de sus asistentes que el cabo Gómez habÃa resucitado.
Garmendia tiene fibras de soldado y estaba infantilmente alegre del suceso; asà fue que la primera cosa que me dijo al verme, fue: