Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —Con que el cabo Gómez no habÃa muerto en CurupaitÃ, ¡cuánto me alegro! ¿Y dónde está, llámelo, vamos a preguntarle cómo se escapó?
Contéle entonces todo lo que acababa de referirme el cabo; pero como se empeñase en verle la cara, le hice venir.
Interrogado por Garmendia, repitió lo que ya sabemos, con algunos agregados, como por ejemplo, que la noche que estuvo oculto, él mismo se ligó las heridas, haciendo hilas y vendas de la ropa de un muerto.
Contónos también que estaba muy triste y avergonzado, porque en los primeros momentos del fuego, el dÃa de CurupaitÃ, el alférez Guevara le habÃa pegado un bofetón, creyendo que estaba asustado, y diciéndole: —¡Eh!, haga fuego, déjese de mirar el oÃdo del fusil.
Que él no habÃa estado asustado ese dÃa, que cuando el alférez le pegó, estaba limpiando la chimenea de su arma, que recién se asustó un poco cuando los paraguayos salieron de sus posiciones desnudando y matando, porque no tenÃa fuerzas para defenderse, y le dio miedo que lo ultimaran sin poder hacerles cara.
Y todo esto era dicho con una ingenuidad que cautivaba, dando la medida del temple de ese corazón de acero.