Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Es lo contrario de lo que sucede entre los cristianos. El que tiene hambre no come si no tiene con qué. Está visto que las instituciones humanas son el resultado de las necesidades y de las costumbres, y que la gran sabiduría de los legisladores consiste en no perderlo de vista al modelar las leyes. Los que a cada rato nos presentan el cartabón de otras naciones cuya raza, cuya religión, cuyas tradiciones difieren de las nuestras, deberían tomar nota de estas observaciones.
Por aquí iba de mi soliloquio, cuando el indio que me escamoteó los guantes de castor se presentó. Venía algo achumado.
En cuanto me vio me dijo una cuchufleta. Sentóse a mi lado y me pidió el pañuelo de seda que llevaba al cuello. Me negué a dárselo, porque su desaparición importaba una señal. Pero insistió e insistió y no tuve más recurso que ceder. Era una prenda insignificante y quién sabe qué se imaginaba ni compadre si no lo daba. De la suspicacia de un indio hay que esperarlo todo.
Gran contento experimentó el indio al recibir el pañuelo y en el acto se lo puso como yo lo usaba, jalándose encima el sombrero.