Una excursión a los indios Ranqueles

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Siguió jaraneando, siendo mi larga pera objeto de los mayores elogios y admiración. Grande, linda, me decía, pasando por ella sus puercas manos. Quería levantarme y no me dejaba. Estaba cargoso como cuatro. Y no me era dado manifestarle que me atosigaba con sus monadas, porque a mi compadre le hacían suma gracia. Además yo sabía todo el cariño y respeto que tenía por él.

Me abrazaba, me besaba, se quedaba mirándome, y gozoso exclamaba:

—¡Ese coronel Mansilla, toro!

Era el mayor cumplimiento que podía dirigirme.

Ser toro es ser todo un hombre.

No sabiendo qué más hacerme, se le ocurrió trenzarme la pera.

Era la otra seña convenida con Camilo si algún peligro me amenazaba. ¿Cómo dejarlo satisfacer su capricho?

Se aferró a él con tanta tenacidad, que me preocupó seriamente.

Y no era para menos, Santiago amigo, si tienes presente la composición de lugar hecha con Camilo, para el caso de que los indios no quisieran dejarme salir de entre ellos.


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