Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Que me hubiera pedido y sacado el pañuelo, se explicaba. A cualquier indio podía habérsele ocurrido pedírmelo. Me había puesto en ese caso. Pero que después de haber dado el pañuelo me quisiera trenzar la barba, era inexplicable, extraordinario.
No hay previsión que alcance ciertas cosas; con razón dice Napoleón, que en la guerra dos tercios deben concedérsele al cálculo y uno a la casualidad.
No podía ocurrírseme la idea de una traición porque los muchachos de Camilo eran todos hombres muy seguros. Han conversado entre ellos sobre lo convenido, algún espía los ha oído, me decía, y me tienden un lazo; quieren ver qué hago.
El indio no declinaba de su empeño. A Roma por todo, exclamé interiormente, y me dejé trenzar la barba, tomando la precaución de darle la espalda a la entrada del toldo, no fuera a pasar Camilo, viera la señal y se largara para la Villa de Mercedes, llevándole un parte falso al general Arredondo.
Estaba en ascuas; los caballos debían llegar de un momento a otro y con ellos Camilo, quien según la consigna no me veía hacía días.
Darle aviso de lo que acontecía era imposible. El indio no me dejaba salir del toldo. Un hombre achumado es más pesado y fastidioso qué una mujer enamorada celosa.