Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles La res que había mandado pedir mi compadre llegó, y me sacó de apuros. Preguntáronle si la carneaban, contestó que sí, y me hizo decir que cuando gustara podía mandar ensillar.
Me levanté, y destrenzándome la malhadada pera, salí del toldo, a pesar de los repetidos, «no se vaya, amigo», del indio.
Tres trompas tocaron llamada, y algunos momentos después comenzaron a llegar grupos de jinetes, montando buenos caballos y vistiendo trajes de gala.
Uno de ellos tenía uniforme completo de teniente coronel y la pata en el suelo.
Mi gente estaba pronta. Arrimaron las tropillas y ensillamos.
Me despedí tiernamente de mi ahijado. ¡Extraños fenómenos de la simpatía, el chiquilín lagrimeó!
Montamos y partimos al gran galope en dispersión.
El cuarterón iba con nosotros y el perro del toldo de Baigorrita le seguía.
Por el camino se incorporaron varios grupos de indios, y cuando llegábamos a las alturas de Poitaua era la tarde ya.
Sujeté para esperar a los franciscanos que se habían quedado atrás, y mi compadre también.
Sobre la copa de un algarrobo estaba una águila, mirando al norte.