Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles El sol se levantaba en ese momento inundando la azulada esfera con su luz; la atmósfera estaba diáfana; los más lejanos objetos se transparentaban, como si se hallaran a corta distancia del observador; el cielo estaba despejado, sólo una que otra nube nacarada navegaba por el vacÃo, con majestuosa lentitud; la blanda brisa de la mañana apenas agitaba la grama color de oro; el rocÃo, salpicando los campos, los hacÃa brillar como si estuvieran cubiertos por inmenso manto de rica y variada pedrerÃa.
Cuando las dos lÃneas que avanzaban al paso estuvieron a cincuenta metros una de otra, los clarines y cornetas tocaron alto, y las dos indiadas se saludaron golpeándose la boca.
Los ecos se perdÃan por los aires, quedaba todo en el más profundo silencio, y los gritos se repetÃan.
Nadie llevaba armas; todo el mundo montaba excelentes caballos, vestÃa su mejor ropa y ostentaba las prendas de plata y los arreos más ricos que tenÃa.
Mariano Rosas destacó un indio; Baigorrita otro; colocáronse equidistantes de las dos lÃneas; cambiaron sus razones, y volvieron a sus respectivos puntos de partida.
Los dos caciques acababan de saludarse y de invocar la protección de Dios para deliberar con acierto.