Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Tocaron atención, dieron voces de mando en lengua araucana, la segunda fila de cada línea retrocedió dos pasos, los que miraban al norte giraron a la izquierda, tocaron marcha y las dos líneas quedaron formadas en alas.
Mariano Rosas destacó un indio que se acercó a mí y me habló en su lengua.
Camargo, haciendo de lenguaraz, me dijo:
—Dice el general Mariano que eche pie a tierra para saludar al padre Burela.
Me pareció haber entendido mal.
—¿Para saludar a quién? —le pregunté a Camargo con extrañeza.
—¡Al padre Burela! —me contestó.
—¿Al padre Burela? —exclamé mirando a los franciscanos y a mis oficiales.
—Es pretensión —agregué.
—Dile —proseguí, dirigiéndome a Camargo—, que le conteste a Mariano que yo no tengo que saludar al padre Burela; que soy aquí el representante del presidente de la República; que en todo caso es el padre Burela quien debe saludarme a mí.
El mensajero se marchó y yo me quedé refunfuñando. Estaba indignado.
Lo que pasaba no era más que la consecuencia de las intrigas de Leubucó.
Volvió el indio insistiendo lo mismo.