Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Iba a decir, que al pasar por el alojamiento de don Mateo, supe por él que en mi batallón había tenido lugar un suceso desagradable.
—¿Usted paseando, amigo, y en su reducto matando vivanderos?
—¡No embrome, viejo!
—¿Qué no embrome? Vaya y verá.
Piqué el caballo y lleno de ansiedad y confusión partí al galope, llegando en un momento a mi reducto.
No tuve necesidad de interrogar a nadie. Un hombre maniatado que rugía como una fiera en la guardia de prevención me descorrió el velo del misterio.
—¡Desaten ese hombre! —grité con inexplicable mezcla de coraje y tristeza.
Y en el acto el hombre fue desatado, y los rugidos cesaron, oyéndose sólo:
—Quiero hablar con mi Comandante.
Vino el Comandante de campo, y en dos palabras me explicó lo acontecido.
—¡Han asesinado a un vivandero que estaba de visita en el rancho del alférez Guevara!
—¿Quién?
—El cabo Gómez.
—¿Y quién lo ha visto?
—Nadie, señor; pero se sospecha sea él, porque está ebrio, y murmura entre dientes: —Había jurado matarlo, ¡un bofetón a mí!…